(Lucas 7,36-50)
Esta es la historia de una persona que, fatigada de una vida tan vacía y llena de males, busca con afán ser salvada y que al fin encuentra un Salvador. El Evangelio de hoy nos narra así la transformación del corazón de esta pecadora, al entrar en contacto con Jesús.
Pero todo sucede porque la mujer, sin duda inspirada por Dios, primero reconoce que es pecadora, que su vida no está bien. Y esto es sumamente importante, porque muchos no se transforman porque estando en el barro, no reconocen que el barro es sucio, y piensan que “todo está bien”. No se atreven a hacer una verdadera exploración de sus conciencias; y algunos incluso han ido más lejos, han invertido sus valores. Piensan que en sus vidas todo está bien, que no hay nada que cambiar.
La mujer que está a los pies de Jesús, no sólo reconoce el desastre que es su vida, hace mucho más: descubre además que sola no podrá cambiar, que necesita ayuda, y necesita que la transformen por dentro, y entonces sin titubeos y con gran valentía irrumpe en casa del fariseo, interrumpe el almuerzo de los comensales sin ningún temor, y se arroja a los pies de Jesús. Ahí en este Hombre especial ha descubierto la fuente de la paz, y el manantial de la pureza que a ella también la va a purificar.
Como está decidida a todo, con tal de salir de esa vida anterior totalmente enfangada, lleva consigo sus perfumes, sus adornos, sus besos, y con esos mismos objetos que le servían para adornar su pecado, ahora los va a utilizar para entregarlos en los pies del Señor; todo lo que antes era utilizado para pecar, ahora lo convierte en don y ofrenda para Dios. Por eso riega con lágrimas los pies de su Salvador, los llena de besos, los seca con sus cabellos, y los perfuma con su mejor perfume. Cuántos besos de esa mujer habían sido falsos, cuántas veces sus cabellos habían sido instrumento de seducción, y sus perfumes habían servido de corrupción. Todo eso, ahora va a servir para rescatarla, por el amor con que se entrega y con que suplica perdón.
En contraste con esta verdadera ofrenda, de este acto de amor puro y ardiente, está la actitud del fariseo; y Jesús se lo reprocha, ya que el fariseo muestra su peor faceta, la de juez implacable que condena sin conocer lo que hay en el corazón de esta mujer. Y por eso se escandaliza y piensa “si éste fuera profeta sabría qué clase de mujer es la que le está tocando”. Jesús ante esta condena de una mujer que busca purificarse, sale en su defensa y reprocha al fariseo: Tú has sido poco considerado como anfitrión: No me has dado agua para lavarme los pies, no me has dado el beso de saludo, no me ungiste con aceite.
Es bueno reflexionar en el contraste de estas dos personas: el aparentemente bueno, que es simplemente el cumplidor mecánico de unas reglas religiosas, pero en las que no pone su corazón, y la pecadora que ha quebrantado gravemente los mandamientos de Dios, pero que ahora entrega su ofrenda y su vida a los pies de Jesús. Y, ante este ejemplo, la reflexión nos podría llevar a pensar, cómo deberíamos hacer cada uno de nosotros para entregar todo a los pies del Señor: nuestras lágrimas, nuestro perfume, nuestros besos. Todo absolutamente todo, convertirlo en ofrenda para el Señor, como señal de nuestro amor.
El camino de la conversión es el amor, por eso el Señor le dice al fariseo, que a esta mujer se le ha perdonado mucho porque ha amado mucho. Este amor debe ser auténtico y se muestra en la donación de todo. Hay que darse totalmente para mostrar el amor: el amor hay que manifestarlo con las obras.
Con todo esto el Señor nos deja una afirmación importante para nuestra vida frágil de caídas y pecados: Jesús puede perdonar los pecados. Por eso el final de la narración queda subrayado por esa pregunta que se hace la gente que participaba del banquete: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?»
sábado, 12 de junio de 2010
NO APARTAR A NADIE DE JESUS
NO APARTAR A NADIE DE JESÚS
José Antonio PAGOLA
Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios.
Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso.
Simón contempla la escena horrorizado. ¡Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartar rápidamente de Jesús.
Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego le invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús sólo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
Todos los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios: prostitutas, recaudadores, leprosos... Su mensaje es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es sólo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.
Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia como si para nosotros no existieran.
No son pocas las preguntas que nos podemos hacer: ¿dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús? ¿a quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él? ¿qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente? ¿con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad? ¿quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones?
José Antonio PAGOLA
Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios.
Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso.
Simón contempla la escena horrorizado. ¡Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartar rápidamente de Jesús.
Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego le invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús sólo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados... Tu fe te ha salvado. Vete en paz».
Todos los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios: prostitutas, recaudadores, leprosos... Su mensaje es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es sólo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.
Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia como si para nosotros no existieran.
No son pocas las preguntas que nos podemos hacer: ¿dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús? ¿a quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él? ¿qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente? ¿con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad? ¿quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones?
viernes, 4 de junio de 2010
SOLEMNIDAD DEL CUERPO DE CRISTO
EL CUERPO DE CRISTO
Lucas 9, 11b-17
Esta fiesta está establecida en la Iglesia especialmente para venerar solemnemente la donación generosa de Jesucristo en la Eucaristía. Es una solemnidad para poner de relieve la importancia del Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El texto evangélico, con el que entramos en la meditación de hoy, narra una de las versiones (la de San Lucas, en este caso) del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Milagro, que especialmente en el Evangelio de San Juan, quiere destacar el milagro más grande aún de la institución de la Eucaristía.
El sacramento de la Eucaristía es el centro de la práctica de la vida cristiana, porque en él se nos entrega Jesucristo, realmente, aunque oculto tras la apariencia de pan y de vino. Jesucristo mismo destacó la importancia fundamental de la Eucaristía cuando, al anunciar su institución, nos dice: “Les aseguro que si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él”. (Jn 6, 53-56).
Frecuentar la participación en la Eucaristía, tener sed de Jesús en la Eucaristía (no contentarse con la sola misa de cada domingo), debe ser lo central que busquemos en nuestra práctica de vida cristiana.
En la Eucaristía se compendian todos los dones que Jesucristo viene a darnos, al ofrecernos la salvación. Su mensaje, su entrega, la redención en la Cruz, la comunicación de la vida de la gracia (la nueva vida), todo eso se compendia en la Eucaristía. Y además expresa en su forma y en su fondo el nuevo pacto, la Nueva Alianza que Dios quiere establecer con los hombres, y que había sido prefigurada en las diversas alianzas del Antiguo Testamento, en toda la Historia de la Salvación, y especialmente en el pacto que Dios establece con su pueblo después de salvarlos de la esclavitud de Egipto.
Ese pacto que hace Dios con el pueblo salvado de la esclavitud contenía tres elementos centrales: el compromiso de Dios de tener al pueblo judío como su pueblo particular, el compromiso del pueblo de acoger y cumplir los mandamientos, y el sacrificio del cordero, expresión de todo esto.
Estos tres elementos llevados a su plenitud, los pone de relieve Jesús al establecer la Eucaristía en la Cena del Jueves Santo: Dios se compromete con el nuevo Pueblo, universal, que abarca todas las naciones sin exclusivismos geográficos, o étnicos. Es el pueblo de todos los creyentes pertenecientes a todas las culturas, del mundo entero. Y a todos estos, especialmente convocados en la Eucaristía, Dios los recibe, no sólo como su pueblo, sino como su familia, como sus hijos; por eso es tan apropiado que recemos el Padre Nuestro en la Eucaristía. En segundo lugar, como en la Antigua Alianza, el pueblo, o sea los creyentes, se comprometen a cumplir la ley. Ya no se trata simplemente de legalismos, sino de la entrega del corazón, de la búsqueda de la voluntad de Dios en la vida, del mandamiento del amor. La novedad de este pacto está contenida en la afirmación de Jesús: “Ustedes serán mis discípulos si se aman unos a otros”; esta es la condición para pertenecer a su pueblo nuevo; por eso es tna hermoso el hecho de darnos la paz; supone reemplazar un simple cumplimiento de preceptos, por la entrega total del amor: el cristianismo debe hacernos generosos.
Y todo esto se hace mediante el sacrificio del Cordero de Dios, que sustituye para siempre todos los sacrificios antiguos, y que queda como el único sacrificio agradable a Dios; sacrificio que es a la vez fiesta, celebración de la salvación, comida de amistad. Y con esto también nos da un mensaje para que nuestra vida sea fiesta, amistad, comunidad y sacrificio, por Cristo y por los hermanos.
Y es que la Eucaristía debería transformarnos; tener la alegría de haber sido salvados, y por tanto vivir el optimismo cristiano toda la vida. Debería impulsarnos a sacrificarnos (o sea entregar a Cristo y a los hermanos lo mejor de nosotros), en fin a ser amigos, porque la Eucaristía nos debe hacer amigos.-
Lucas 9, 11b-17
Esta fiesta está establecida en la Iglesia especialmente para venerar solemnemente la donación generosa de Jesucristo en la Eucaristía. Es una solemnidad para poner de relieve la importancia del Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El texto evangélico, con el que entramos en la meditación de hoy, narra una de las versiones (la de San Lucas, en este caso) del milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Milagro, que especialmente en el Evangelio de San Juan, quiere destacar el milagro más grande aún de la institución de la Eucaristía.
El sacramento de la Eucaristía es el centro de la práctica de la vida cristiana, porque en él se nos entrega Jesucristo, realmente, aunque oculto tras la apariencia de pan y de vino. Jesucristo mismo destacó la importancia fundamental de la Eucaristía cuando, al anunciar su institución, nos dice: “Les aseguro que si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él”. (Jn 6, 53-56).
Frecuentar la participación en la Eucaristía, tener sed de Jesús en la Eucaristía (no contentarse con la sola misa de cada domingo), debe ser lo central que busquemos en nuestra práctica de vida cristiana.
En la Eucaristía se compendian todos los dones que Jesucristo viene a darnos, al ofrecernos la salvación. Su mensaje, su entrega, la redención en la Cruz, la comunicación de la vida de la gracia (la nueva vida), todo eso se compendia en la Eucaristía. Y además expresa en su forma y en su fondo el nuevo pacto, la Nueva Alianza que Dios quiere establecer con los hombres, y que había sido prefigurada en las diversas alianzas del Antiguo Testamento, en toda la Historia de la Salvación, y especialmente en el pacto que Dios establece con su pueblo después de salvarlos de la esclavitud de Egipto.
Ese pacto que hace Dios con el pueblo salvado de la esclavitud contenía tres elementos centrales: el compromiso de Dios de tener al pueblo judío como su pueblo particular, el compromiso del pueblo de acoger y cumplir los mandamientos, y el sacrificio del cordero, expresión de todo esto.
Estos tres elementos llevados a su plenitud, los pone de relieve Jesús al establecer la Eucaristía en la Cena del Jueves Santo: Dios se compromete con el nuevo Pueblo, universal, que abarca todas las naciones sin exclusivismos geográficos, o étnicos. Es el pueblo de todos los creyentes pertenecientes a todas las culturas, del mundo entero. Y a todos estos, especialmente convocados en la Eucaristía, Dios los recibe, no sólo como su pueblo, sino como su familia, como sus hijos; por eso es tan apropiado que recemos el Padre Nuestro en la Eucaristía. En segundo lugar, como en la Antigua Alianza, el pueblo, o sea los creyentes, se comprometen a cumplir la ley. Ya no se trata simplemente de legalismos, sino de la entrega del corazón, de la búsqueda de la voluntad de Dios en la vida, del mandamiento del amor. La novedad de este pacto está contenida en la afirmación de Jesús: “Ustedes serán mis discípulos si se aman unos a otros”; esta es la condición para pertenecer a su pueblo nuevo; por eso es tna hermoso el hecho de darnos la paz; supone reemplazar un simple cumplimiento de preceptos, por la entrega total del amor: el cristianismo debe hacernos generosos.
Y todo esto se hace mediante el sacrificio del Cordero de Dios, que sustituye para siempre todos los sacrificios antiguos, y que queda como el único sacrificio agradable a Dios; sacrificio que es a la vez fiesta, celebración de la salvación, comida de amistad. Y con esto también nos da un mensaje para que nuestra vida sea fiesta, amistad, comunidad y sacrificio, por Cristo y por los hermanos.
Y es que la Eucaristía debería transformarnos; tener la alegría de haber sido salvados, y por tanto vivir el optimismo cristiano toda la vida. Debería impulsarnos a sacrificarnos (o sea entregar a Cristo y a los hermanos lo mejor de nosotros), en fin a ser amigos, porque la Eucaristía nos debe hacer amigos.-
viernes, 28 de mayo de 2010
FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

LA SANTISIMA TRINIDAD
Juan 16, 12-15
Esta fiesta de la Santísima Trinidad nos introduce a la consideración del misterio del mismo Dios. Cuánto amor supone de parte de Dios el querer que sus hijos sepamos su secreto más íntimo, para que lo conozcamos cómo es por dentro. Pero entrar en el misterio de Dios es entrar en un océano en el que nos perdemos porque al entrar ahí vemos cuán imperfecto es nuestro pensamiento, nuestro lenguaje, nuestra lógica, todo.
Y sin embargo nuestro Dios amado es toda la verdad, es toda la realidad, es la esencia total de las esencias, desde la cual todo lo existente se hace posible, y desde el cual hay que entender e interpretar todo. Es que normalmente, para poder entender cualquier cosa, nuestro punto de vista somos nosotros mismos; desde nuestras propias experiencias, desde nuestros propios conceptos previamente elaborados entendemos todo lo demás: ése es el mecanismo que hace posible el conocimiento humano. Y al querer entender a Dios desde nosotros, comenzamos por un error esencial en la perspectiva, en el punto de partida, porque en realidad deberíamos hacer lo contrario: procurar entendernos a nosotros mismos desde Dios: El es el punto de vista, es el origen desde el cual se debe entender correctamente lo que hay de verdad, de belleza, de existencia en cualquiera de los seres, y especialmente en el hombre, que fue creado a imagen y semejanza de Dios. Y muchas veces el hombre piensa al revés, y al intentar conocerlo, desde los parámetros humanos, hace a Dios a su imagen y semejanza. Nosotros vemos las huellas de Dios en el mundo (en las maravillas de la naturaleza y especialmente en lo que es el ser humano), y así intentamos imaginar a Dios. Pero en realidad debería ser al revés, sólo podemos entender el mundo y a nosotros mismos viéndonos desde Dios. Esto es una utopía, y por eso al hablar de Dios solo podemos balbucear.
Este es un punto importante, sobre el que deberíamos pensar. Pensamos a Dios a nuestra imagen y semejanza. Incluso cuando tenemos una “buena imagen” de Dios, lo pensamos desde nuestros esquemas de conocimiento. Pero muchas veces tenemos una “pésima imagen” de Dios. Hay quienes se alejan de Dios por la imagen que ellos mismos se han hecho de Dios; porque han puesto en su pobre imagen de Dios, sus propias frustraciones, sus rencores, sus fracasos, sus decepciones; y así imaginan un dios cruel, lejano, indiferente; respecto del cual lo mejor es mantenerse lejos, y sobre todo, mantenerlo lejos de nuestro corazón.
En cambio el misterio de la Santísima Trinidad nos muestra lo insondable, lo deslumbrante, la infinitud de Dios mismo. Nos debe hacer caer en la cuenta que todas nuestras imágenes de Dios, aún las mejores, son inadecuadas: que Dios es más que todo eso, que es más Padre que todo lo imaginable, que es más Luz, que toda luz, que es más bondad, que es más justo, que es más misericordioso, que es más fuerte, que es mas, y mucho más. Nuestros conceptos, por el hecho de hacerlos, ponen un límite a lo que están conceptuando (nombrar algo es delimitarlo), y este Misterio, corazón de todo misterio, se sale de todas las delimitaciones, desborda todos los nombres y todos los adjetivos.
En El tiene todo centro nuestra Religión revelada por Jesucristo. Todo concluye en El, todo se deriva de El: en El tiene todo su origen y su fin. Por eso nosotros somos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; en la Santísima Trinidad comienza el misterio de la Eucaristía, pues la celebramos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y en la Trinidad concluye también la Eucaristía, y siempre que recibimos una bendición la recibimos también en el nombre de la misma Santísima Trinidad. Dios Debe estar en el principio y en el fin de todo acto religioso, y de todo acto humano, porque de hecho en El estamos sumergidos, en El vivimos; y deberíamos vivir no sólo en El, sino para El; así nuestro ser estaría de verdad centrado, y de lo contrario estaríamos
viernes, 21 de mayo de 2010
LA VENIDA DEL ESPIRITU SANTO

PENTECOSTES - FIESTA DEL ESPIRITU SANTO
Juan 7, 37-39
En todo el Evangelio de San Juan, especialmente en sus últimos capítulos, hay una revelación muy particular del Espíritu Santo. En la breve afirmación que hace Jesús en el párrafo que hoy se lee, se declara la relación que hay entre la fe en Jesús y la invasión del Espíritu Santo en el creyente. La relación entre Jesús y el Espíritu Santo, y entre la obra de Jesús y la obra del Espíritu Santo está muy subrayada en los escritos del Nuevo Testamento.
En el Nuevo Testamento hay una clara manifestación de esta extraordinaria realidad de lo que es Dios: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y además se nos hace conocer abundantemente la realidad y actividad salvífica del Espíritu Santo.
Especialmente podemos citar, a este propósito, a San Lucas. El conecta continuamente la actividad apostólica de Jesús con el Espíritu Santo. Desde que va a aparecer en este mundo: Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; Jesús va cuarenta días al desierto conducido por el Espíritu Santo, igualmente se hace presente el Espíritu en su Bautismo. La actividad toda de Jesús está guiada por el Espíritu Santo. Destacar esta relación entre Jesús y el Espíritu Santo es precisamente una de las características del tercer evangelio. Jesús en cuanto hombre está lleno del Espíritu Santo, actúa guiado por el espíritu Santo, y así el Espíritu Santo produce la obra de la santificación en los que reciben el mensaje de Jesús.
En San Juan también hay muchas enseñanzas sobre el Espíritu Santo; en diversos momentos de este evangelio (como en el pasaje que leemos hoy en la Misa); y especialmente en todo el largo discurso de Jesús en la última Cena (este discurso abarca casi la cuarta parte del Evangelio de San Juan). Muchas cosas dice Jesús a sus apóstoles sobre el Espíritu Santo: que estará siempre con nosotros, que es el Espíritu de la verdad y nos enseñará todo, y nos hará entender todo. Es el Espíritu el gran Don que Cristo enviará de junto a su Padre; y cuando venga, dará testimonio de Jesús, y convencerá al mundo de su error y de su pecado. Ya en la primera aparición de Jesús resucitado a los apóstoles, empieza a comunicarles el Espíritu Santo, y precisamente en conexión con el poder de perdonar los pecados.
En los Hechos de los Apóstoles (el libro de los comienzos de la vida de la Iglesia) hay también una referencia continua al Espíritu Santo y a su actuación en los creyentes. Podríamos señalar su acción especialmente en tres momentos de gran significado: en la elección de Matías, para sustituir a Judas, para que el número de los DOCE se completara, tal como había sido desde que Jesús los eligió. Un segundo momento es el comienzo de la actividad de la Iglesia, el comienzo de la vida misma de la Iglesia, el día de la fiesta de Pentecostés, en que el Espíritu Santo invade a los apóstoles. Jesús les había advertido a los apóstoles que esperasen la venida del Espíritu Santo; con esta venida Jesús les hacía entrega de todo lo que el Padre había puesto en sus manos, para que los apóstoles continuaran su obra. La predicación de los apóstoles va seguida con frecuencia de la venida del Espíritu Santo a los oyentes. Es el Espíritu mismo el que produce el fruto y hace crecer a la Iglesia. Y un tercer momento importante que señala el libro de los Hechos sobre la actividad del Espíritu Santo en la Iglesia es el Concilio de Jerusalén en que se trataba de la misión de la Iglesia a los pueblos no judíos. Es el Espíritu Santo el que aclara la polémica suscitada entre los judaizantes y los provenientes del paganismo; se trataba en resumen de declar que la Iglesia fundada por Jesús no es una rama de la Religión Judía, no es un “remiendo nuevo en un paño viejo”.
Finalmente en San Pablo hay también abundantes enseñanzas sobre el Espíritu Santo. Se podría señalar especialmente todo lo que Pablo escribe en la Carta a los Romanos, en la primera de los Corintios, y en la carta a los Gálatas. Podríamos resumir todo lo que se dice ahí como la acción del Espíritu en los fieles, en lo siguiente: El Espíritu Santo habita en nosotros, El nos enseña a orar, nos impulsa a actuar con sus dones y carismas, ayuda a nuestra flaqueza, nos eleva para que actuemos espiritualmente.
Aunque he resumido sólo lo que dicen del Espíritu Santo, los Evangelios de San Lucas y San Juan y lo que dicen las cartas de San Pablo, pero todo el Nuevo Testamento está lleno de la presencia y la acción del Espíritu Santo.
Esto es lo que hoy celebramos en esta fiesta especial del Espíritu Santo, en este domingo de Pentecostés, con el que culmina la larga celebración durante cincuenta días de la Pascua Cristiana
viernes, 14 de mayo de 2010
LA ASENCION DE JESUS

ASCENSIÓN DEL SEÑOR
Lc. 24, 46-53
Hoy celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor, final de toda la etapa de la presencia de Jesucristo en nuestro mundo. Es el final de su vida en la tierra, y el comienzo de la actividad de los apóstoles. En esa circunstancia, antes de separarse Jesús les indica cuál ha de ser su tarea, para continuar la obra de salvación que El ha realizado: predicar la conversión y el perdón de los pecados, ser testigos ante el mundo entero de todo lo que ellos han visto y han vivido con Jesús, y finalmente esperar a que el Espíritu los revista de la fuerza de lo alto. A continuación se eleva al cielo, desaparece su presencia física, y empieza su presencia en la Iglesia: El mismo lo ha dicho: “Yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo
La Ascensión es más que un “fenómeno”, no se trata fundamentalmente de un espectáculo de elevación por los aires. Esto no es lo fundamental de la Ascensión; lo fundamental es lo que nos dice el mismo texto del Evangelio: Jesús traspasa su misión, y los beneficios de la salvación, para que sean ahora los apóstoles y sus sucesores (toda la Iglesia) los que continúen esa misma misión y distribuyan esos tesoros de salvación que Jesucristo realizó durante su vida en la tierra. Esa misma misión de la que los mismos apóstoles han sido testigos.
Quizá podríamos imaginar al mismo Cristo en este momento de despedida, mientras sube al cielo, recordando y recapitulando todo lo que ha hecho durante su vida, en los distintos lugares: en Cafarnaún, en Nazaret, en Betania, en Jerusalén. Poco más de treinta años, enseñando a los hombres el amor de Dios, haciéndoles entender que Dios es Padre, que busca el bien de los hombres, que tiene una voluntad de salvarlos. Ha querido repetir hasta el cansancio, cuáles son los sentimientos íntimos de este Dios que ha amado al mundo hasta la locura. Y este hermoso anuncio del amor de Dios lo ha hecho transmitiendo palabras llenas de fuerza, con autoridad, palabras que llegaban al corazón de sus oyentes, que le miraban embelesados, sin cansarse nunca de oírle. Recordaba esas multitudes que le seguían, donde El depositaba esa hermosa semilla, que los corazones de los hombres (aun sin saberlo) deseaban recibir. Esos hombres se transformaban cuando se daban cuenta de que eran hijos queridos de un Padre bueno.
Recordaba, cómo se encontró con diversas personas que habían llegado al extremo de su oscuridad, cuando la enfermedad les hacían sentir miserables, apartados y excluidos de la tierra de los vivos (como los leprosos), cuando una pobre viuda había perdido a su único hijo; y tantas otras personas llenas de tinieblas y llenas de pecado. Y volvía a ver cómo con su acción cercana y curativa, empezaban a reverdecer, recuperaban la alegría de la vida. Era otra forma de transmitir a ellos y a los que eran testigos de esos prodigios de cariño, que Dios les ama, que Dios nos ama, y que quiere que todos se salven.
Cuántas cosas recordaba Jesús, al tener que dejar físicamente este mundo. Recordaba la admiración que sus oyentes sentían al oír sus parábolas, al recibir ese mensaje “nuevo” la “buena noticia”. Recordaba a aquellos amigos que le habían servido con tanta dedicación, a los pecadores que había purificado y liberado, recordaba a los pobres, para quienes siempre mostró su predilección, a los que El proclamó bienaventurados.
Y cómo no recordaría esos días trágicos de su muerte, en que quiso expresar que era nuestro querido amigo, pues nadie ama más que el que da la vida. Había cumplido a cabalidad la misión que el Padre le encomendó, y ahora la transmitía a esos hombres sencillos, en los que había depositado una fe esplendorosa, que lo habían dejado todo para seguirle, y le ponían sus propias vidas a su servicio. Confiaba en ellos, y les entregaba la gran misión de ir llevando la luz del Evangelio hasta los últimos rincones del mundo, y así
lunes, 10 de mayo de 2010
HIMNO DEL CONGRESO EUCARÍSTICO MARIANO 2010
1. Son tu Cuerpo y tu Sangre, Señor,
maravilla y prodigio de amor.
Alimento del alma, riqueza sin par, divino majar (bis).
EUCARISTÍA, DIVINO ALIMENTO,
CELESTIAL SUSTENTO PARA CAMINAR.
EUCARISTÍA, DIVINO ALIMENTO,
DON DEL CIELO PARA EL MUNDO ENTERO. SACRAMENTO, DIVINO MANJAR.
2. Anunciamos tu muerte, Señor,
proclamamos tu resurrección.
De tu altar recibimos la fuerza, el valor para la Misión (bis).
3. Sacerdotes, ministros de luz
consagrados por Cristo Jesús.
A sus manos desciendes al oír su voz, Cordero de Dios (bis).
4. En tu seno Jesús se encarnó,
Oh, María, Sagrario de Dios.
Pura, Llena de Gracia, Madre Virginal, Reina Celestial (bis).
maravilla y prodigio de amor.
Alimento del alma, riqueza sin par, divino majar (bis).
EUCARISTÍA, DIVINO ALIMENTO,
CELESTIAL SUSTENTO PARA CAMINAR.
EUCARISTÍA, DIVINO ALIMENTO,
DON DEL CIELO PARA EL MUNDO ENTERO. SACRAMENTO, DIVINO MANJAR.
2. Anunciamos tu muerte, Señor,
proclamamos tu resurrección.
De tu altar recibimos la fuerza, el valor para la Misión (bis).
3. Sacerdotes, ministros de luz
consagrados por Cristo Jesús.
A sus manos desciendes al oír su voz, Cordero de Dios (bis).
4. En tu seno Jesús se encarnó,
Oh, María, Sagrario de Dios.
Pura, Llena de Gracia, Madre Virginal, Reina Celestial (bis).
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