
Luis Espinal Camps nació en un pueblo cerca de Manresa el 4 de febrero de 1932. A los 17 años ingresa en la Compañía de Jesús y se ordena sacerdote en 1962. Llegó a Bolivia el 6 de agosto de 1968 donde se interiorizó rápidamente de la problemática y cultura de su país de adopción, identificándose con él al punto de adoptar la nacionalidad boliviana en 1970. Vivió una época agitada socialmente: guerrilla, golpes de estado, gobiernos dictatoriales, fugaces periodos democráticos, violencia.
Obtuvo la nacionalidad boliviana en junio de 1970 y vivió una etapa de defensa de los derechos humanos contra las dictaduras militares de la época. Fue fundador del Semanario Aquí, que denunciaba actos de corrupción y de persecución de las dictaduras militares en Bolivia.
Además de sus funciones sacerdotales, fue catedrático de varias materias de periodismo en la Universidad Católica de La Paz.
En medio de la situación que vivía el país Lucho supo practicar el evangelio a través de la denuncia y la acción profética de injusticias y violencias, las más evidentes y también las más solapadas, supo hacerlo con valentía sin falsas prudencias, estando inmerso en el pueblo que luchaba por sus derechos.
En 1980, la noche del 22 de marzo, fue secuestrado, llevado en un jeep, torturado en un matadero por cuatro horas y finalmente asesinado con 14 balazos, los asesinos le marcaron a culatazos una cruz amoratada en el pecho. Así Lucho nos deja ejemplo de amor auténtico a Cristo y, en sus propias palabras, de saber:
"GASTAR LA VIDA".
Somos cristianos por rutina,
porque lo fueron nuestros padres.
Porque no nos hemos tomado la molestia
de dejar de serlo.
El cristianismo nos parece algo tradicional:
un elemento cultural,
que hay que conservar,
Como una antigüedad.
Por esto nos molestan los cambios,
porque hacen pensar.
A veces, no poseemos el espíritu de Cristo,
sino sólo las costumbres externas.
Y en nombre del cristianismo
somos intolerantes e injustos...
Jesucristo,
nos gustaría ser cristianos de verdad.
Descubrirte por primera vez,
después de tantos años
que al parecer te seguimos.
Sabemos que el evangelio es hiriente,
pero nos lo hemos acomodado.
Hemos hecho de él
un texto de conformismo
y vulgaridad.
Nos sirve para defender la propiedad
y nuestros privilegios.
Pero esto nos empieza a parecer
incorrecto.
Danos unos ojos nuevos,
para verte sin estigmatismos,
tal como eres
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Danos un corazón nuevo
para amarte plenamente,
con tu inquietud, tu pobreza,
tus ideas amenazantes.
Danos el convencimiento de que
no te conocemos
mientras nos parezcas lógico,
mientras sea fácil seguirte.
Envíanos tu espíritu,
para que nos dé el sentido cristiano
de tu mensaje;
que nos turbe la paz de la rutina,
con una embriaguez de Pentecostés.
Enséñanos a leer el evangelio
de un modo vital.
Que sea la norma de nuestra vida práctica,
y no sólo un arsenal de teoría.
Otórganos, Señor,
la sinceridad de descubrir
la inconsecuencia de nuestro cristianismo:
predicamos el amor y quedamos dormidos.
Si no queremos vivir como cristianos,
que al menos tengamos la sinceridad
de dejar de llevar tu nombre.
(Tomado de su libro "Oraciones a quemarropa")
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